lunes, 03 de mayo de 2010
         Nubes de algodón. Atravesadas por los rayos de la imaginación, mientras vuelo en el llameante atardecer, rumbo al crepúsculo.
           Lágrimas por la belleza derrochada; por las palabras no pronunciadas; por la maldad no redimida.
          Un vuelo arriesgado en la noche del corazón, entre claros y sombras, en la búsqueda de un nuevo amanecer.
         Cuando empecé a escribir "Jinetes en la oscuridad", no suponía a donde me dirigía. Escogí el título, recordando la canción de los Doors, "Jinetes en la tormenta". Un título que siempre me gustó; al igual que el de la novela de Joseph Conrad, "El corazón de las tinieblas". También porque reflejaba acertadamente las vivencias de unos seres humanos, perdidos entre el caos de la vida, luchando por emerger y encontrar el camino de vuelta.
         El escritor C. S. Lewis, en sus clases de lengua y literatura inglesa en Oxford, a menudo hacía alusión a una frase: "Escribimos para sentir que no estamos solos". Antonio Gala habla de: "La soledad en compañía es la más terrible de las soledades". 
          Puede que tengan razón.
        Hace falta mucho valor para mirar frente a frente al abismo. Y yo, decidí hacerlo una fría tarde del otoño del año 2000.
        Mi vida y mis experiencias; el amor y el dolor; la sonrisa y el llanto; el golpe y la renovación; el abatimiento y la esperanza. Jinetes, debía de ser un canto a la vida, a través de las notas agridulces que conforman sus alas. Una obra redentora para su autor, para el hombre que espía sus faltas a golpes de látigo. Y así, cada capítulo arrancaba un pedazo de mi carne. Escribiendo en los tiempos regalados; en los momentos perdidos. Con las imágenes bailando a la luz de mis recuerdos.
            Junto a ellos, pude revivir las sensaciones del ayer y viajar a los rincones oscuros donde medra lo que no quiere ver la luz. Si la sangre es vida, la mía escapaba a cada azote del verdugo, mientras exploraba en las catacumbas de mi alma.
      Deseaba hablar de las experiencias compartidas con aquellas personas y desgranar los pétalos de la existencia: amor, traición, relaciones, Dios, religión, sociedad, poder, vida, muerte... Y abordarlo desde sus variadas perspectivas, mediante un diálogo sincero y ameno. Una historia, enmarcada durante los años ochenta y noventa, y ambientada en su primera parte en Valencia, la ciudad que me vio nacer, para pasar en su segunda mitad al remoto Ladakh tibetano.
            Cuando, al día de hoy, pienso en ella, veo claramente su inconsistencia como novela orientada al gran público. Más allá de sus fallos técnicos, revela la inexperiencia de su artífice en el campo de las letras; no así en el de los sueños. Pero me sirvió de mucho, porque llenó un vacío y pude exorcizar parte de mis demonios a través de cruento peregrinaje.
         Un día como cualquier otro, con el cuerpo maltrecho, surcado por las incontables cicatrices de mi vida -ahora abiertas y sangrantes-, puse fin a una obra de 450 páginas. Se había llevado cinco años de mi vida.
          Aquella noche de invierno, miré una última vez a través de la ventanilla del bimotor. La escarcha se condensaba en los cristales y el fuselaje. En la vieja radio sonaba One More Kiss, Dear, bajo el cálido ronroneo de los dos motores. Sabía que debía ganar altitud. Frente a mí, el proceloso semblante estallaba y se retorcía con los destellos eléctricos. La tormenta se agrandaba.
            Las manos entumecidas no impidieron el impulso de mi agotado pensamiento, y accioné el timón de la nave para ganar la necesitada altura. Fui elevándome, distanciándome lentamente entre el vapor de las nubes, hacia la superficie. Donde los sollozos del hacedor viajan sobre la materia, formando perlas de amor. ¡El anhelo de vivir es tan grande! Recordé al replicante que toma conciencia de sí. Me sentí como él, mientras atravesaba las brumas como un cometa en la noche. Sí; con toda seguridad mis sueños, experiencias y recuerdos, se perderían para siempre como lágrimas en la lluvia.
             De súbito, un mar de puntos centelleantes. Un firmamento de osada quietud. Enderecé el timón y nivelé el vuelo. ¡Cuánta belleza! ¡Cuánto dolor! Comprendí el hecho de poder experimentar esa dualidad y sensación en su observación individual. Apenas me di cuenta, pero una furtiva lágrima, pequeña y silenciosa, se abría camino sobre mi mejilla. ¡Había sobrevivido! ¡Podía volver a sentir amor por todas las cosas y criaturas de la creación! Pero, sobre todo, podía ejercer ese sentimiento sobre mí mismo.
            Y allí, solo, en mitad de la nada, arrobado por la extraña sensación de inmanencia, navegué hacia las estrellas buscando mi horizonte perdido, mientras las palabras de Kazantzakis resonaban en mi mente:
                
             "Mi principal anhelo y la fuente de mis venturas y desventuras desde mi niñez, ha sido una incesante y cruel batalla entre el espíritu y la carne... y mi alma es el campo de pelea donde esos dos ejércitos se han encontrado y han luchado".
 
                Sonreí para mis adentros. Sabía que mi batalla continuaría; que el reloj de mi vida aún hablaría de incontables horas de lucha. Tomaría tiempo recuperarme, pero lo lograría. Y las espadas volverían a entrechocar sus filos. Tal vez, hasta el final de los tiempos.

                   -Este escrito te lo dedico a ti-


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Publicado por jrsalesworld @ 0:49
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