Mis padres veían con creciente preocupación que no me integrara con el resto de los niños. Yo contemplaba a mis amiguitos desde la distancia, ensimismados en unos juegos que no promovían mi interés y me procuraban aún menos placer.
Las chicas me parecían mucho más interesantes; llamando mi atención lo diferente que eran de los niños. Pero, a todas luces, el grupo más interesante lo constituía el mundo de los adultos.
Encerrado desde chico en mi propio mundo, estudiaba y analizaba sus comportamientos y reacciones, convirtiéndome en un niño ausente. Una suerte de engendro que, a la llegada de la adolescencia, eclosionó descontroladamente, sumiendo a mis pobres padres en un continuo conflicto, y convirtiéndome en la oveja negra de la familia. Chico problemático. Todo un grano en el culo. Hay que enderezarlo.
Mi ser analítico y reflexivo pronto necesitó de respuestas, mientras una desaforada rebeldía cuestionaba casi todos los principios y conductas de los adultos. Castigos y golpes.
El primer encuentro con la verdad lo tuve a los diecinueve años. En la ajetreada sala de urgencias de un hospital, en la planta de enfermos digestivos, o en la de trauma. En las muchas salas y departamentos donde los seres humanos se debatían entre la vida y la muerte. Vi su rostro. La primera vez suele ser impactante. Un hombre, recién aplastado por la rueda de un camión en el trabajo, a pesar de no tener signos visibles de en el exterior, clamaba por que llamaran a su familia. Su consciencia le indicaba la premura de la petición. A los dos horas escasas había fallecido. El olor de la muerte es algo que, cuando lo hueles, ya nunca te abandona. Sangre, heces, llagas supurantes que abren huecos infernales en la carne, vómitos, miembros amputados. En el depósito, no sólo había restos humanos, también descansaban las carcasas, los muñecos rotos. Cuerpos incinerados por un explosión, con las vísceras abriéndose camino. Pero la huella más indeleble no la causó el niño que exhaló su último suspiro en mis brazos, víctima de una atroz leucemia; sino la mirada perdida de aquel amiguito de mi hermano, que yo bien conocía, y que se había ahogado aquel verano en la playa.
Cuando mi padre partió prematuramente, a la edad de sesenta y cuatro años, a punto de alcanzar su añorada jubilación, tras una azarosa vida de esfuerzos, problemas y trabajos, definitivamente cambié para siempre. Me sensibilicé hacia la mayor realidad de todas. Leí libros sobre la muerte, sobre la vida, sobre alguna filosofía que me ayuda a entender el significado de la existencia humana.
Al final del camino, llegué a una especie de verdad individual, la cual me otorgó cierta paz, permitiéndome una mejor convivencia con mis semejantes, con mis compañeros de viaje.
Entiendo que la personalidad de uno se cimenta sobre muchos y variados elementos. La mía, despertada a edad muy temprana, me hizo nadar a contracorriente durante mucho tiempo, tal vez demasiado. Lentamente, fui modelando mi carácter, minimizando la rabia y la agresividad hacia la banalidad de la sociedad, su indolencia e hipocresía. Mis valores y verdades personales han sido objeto de un largo estudio, de profunda y continuada meditación. Sé, que muchas de las cosas que aquí digo, son inútiles de describir o hacer entender a los que nacido y se han desarrollado en el caos, pues éste es su mundo natural. Por lo que a mí respecta, conseguí adaptarme, relacionarme y, curiosamente, caer bien a las gentes. De hecho, apenas creo tener enemigos.